lunes, 25 de julio de 2011

CAPILERIA Y PUERTO MOLINA

Aquella mañana de verano, sin planes de ruta, de mucho calor pero con ganas de ver algo nuevo, de descubrir senderos con el propósito de recorrerlos cuando el tiempo refrescara, con mejores circunstancias e intenciones…
El coche y la conversación, nos ensimismaron en un rumbo perdido y sin darnos casi cuenta, estábamos como en muchas ocasiones bajo el barranco del Porqueira. La pregunta tuvo fácil respuesta.
La Alpujarra y concretamente los pueblos del Porqueira, tienen para mí una atracción casi adictiva. Su situación bajo las altas cumbres, su tradicional arquitectura envuelta en chimeneas y blancura, sus artesanías ancestrales, su buena cocina y mejor vino…

De un tirón, subimos hasta el pueblo más alto de este precioso Barranco; Capileira, hermana mayor o más alta de las otras dos, Pampaneira y Bubión, pero con un corte muy parecido, aunque cada una tiene su encanto particular.
Era tarde para hacer una ruta no pensada y temprano para hacer un “esfuerzo” gastronómico, así que decidimos seguir con el coche, por la antigua carretera de la Sierra, bajándonos en los miradores para contemplar un paisaje que dejábamos a nuestros pies y otro que nos bordeaba nuestras cabezas.

Una barrera en la Hoya del Portillo, nos impide el paso de vehículos a motor, así que tras una visita al área recreativa y el descubrir algún sendero que otro, decidimos dar una paseo que desde los 2.150 m de altitud de la Hoya del Portillo, hasta los 2.350 m de Puerto Molina, no estaba mal y con una temperatura muy agradable.
Tras atravesar un pinal, las grandes cimas nos acechan con todavía resto de su blanco invernal. El sendero nos conducirá hasta la misma pista que dejamos allá en la barrera y un mirador con unos paneles informativos muy detallados nos informarán a la vez que participamos de esa información, con unas vistas de la Sierra formidables.
Una vez bajamos al coche, Capileira supo ser una anfitriona perfecta, agradable y bella.



“Huyo de ti, porque eres poderosa,
sierra, de helar al sol cuando te ofende
y no de hacer la llama que me enciende
o más voraz, o menos rigurosa.”
(Pedro Soto de Rojas)

sábado, 16 de julio de 2011

LOS POYOS DE LA MESA


Los Poyos de la Mesa (1.628m.) es una montaña a la que le tengo un cariño muy especial. La primera vez que subí a esta hermosa cumbre, tendría unos 17 años y ya ha llovido desde entonces, fueron unas vacaciones de Semana Santa, con mis amigos de siempre, con los que cambiamos las luces parpadeantes de las discotecas por las tenues oscilantes de las estrellas.
También es una montaña que la hemos visto miles, millones de personas, que sin saberlo admiraban en una de las secuencias más conocidas de la serie “El hombre y la Tierra”, de  Félix Rodríguez de la Fuente. Aquella gran águila, que desde las paredes verticales de los Poyos, despeñaba a una cría de cabra montesa, secuencias tan bellas como espeluznantes del verdadero ciclo vital. Lo recordáis, ¿verdad?
En esta ocasión hemos elegido la subida más sencilla no por ello menos bonita, ya que de lo que se trata es de disfrutar y con este recorrido lo puede hacer cualquiera con un mínimo de forma física.
Dejamos el coche en la Nava del Espino, junto a la antigua casa forestal. Una pista cerrada por una cadena, nos irá introduciendo poco a poco sin mucho desgaste en el corazón de esta gran “Mesa”, cuyo mantel, serán grandes prados jugosos para la fauna de esta zona.
Una vez que llegamos al Collado de Galán, se nos abre un sin fin de paisajes dibujados de una gran gama de colores que contrastan entre sí, ayudados por el esplendor primaveral y unas nubes que danzaban anárquicas sobre nosotros.
La pista tiene varias bifurcaciones, casi todas son secundarias menos  en lo alto, si seguimos la principal, llegaríamos entre otros lugares a “Praera Marchante”, cerca de la Cerrada del Pintor. Pero en esta ocasión nos desviaremos hacia la derecha antes de descender y subiremos hasta la misma arista de esta gran montaña, entre pequeños prados y dolinas.
Allí, en la cumbre, en el gran mirador natural, de esta parte de la Sierra de Cazorla, nos dejamos llevar por los recuerdos, de lugares que podemos divisar y que hemos compartido con tantos amigos a lo largo de estas “locas andaduras”. 
A la vuelta, quisimos adentrarnos en sus entrañas y allí descubrimos su gran tesoro vivo. Gamos jóvenes correteando por sus prados, ciervos, jabalís y grandes rapaces observando desde las alturas nuestras diminutas siluetas.
Un día de claro-oscuros que nos dejaron un agradable sabor de…”alma”.