En noviembre del pasado 2.012, tuve la oportunidad de viajar
unos días a Ronda, su Serranía y alrededores. Como centro base elegimos
Montejaque y aquella primera tarde nada mas llegar, decidimos comenzar con un
paseo cercano; la Cueva
del Gato.
Esta rutilla, comienza en la Estación de Benaoján. Las
estaciones son puras metáforas de la vida. Somos pasajeros incansables
supeditados al tiempo, en un tren de paradas esparcidas en un viaje incierto.
Tomamos café en la cantina de la estación. Nunca hubiera
pensado que en tan poco espacio podría haber tanto esperpento escapado de la
mente de Valle Inclán, pero esa es otra historia. La nuestra, es la de comenzar
a caminar junto a un río Guadiaro, más crecido de lo habitual (y eso que aún no
llegarían las lluvias de este invierno). Los reflejos otoñales se manifiestan
entre corrientes de agua espumosa.
Parece ser que este itinerario, recorre un antiguo camino de
la Edad Media ,
que a la vez anteriormente había sido Calzada Romana.
Como dice la canción “era la tarde un suspiro” y así se nos
pasó el camino y la tarde, llegando a un final frustrado.
Las crecidas del agua, había fracturado la estructura del puentecillo de madera que cruza el
Guadiaro, hacia la Cueva
del Gato. Los viajeros en el tren de Algeciras, tendrían mejor vistas de esta
preciosa oquedad, cuya rabiosa agua brota de sus entrañas, que nosotros. Para
conformarnos subimos hacia un mirador y desde allí sacamos las mejores imágenes
que pudimos.
La tarde en otoño, envejece antes de tiempo y apoco que
volvíamos sobre nuestros pasos, el sol quedaba durmiente y no amenazaba luna.
Así que sin Cueva y a largos pasos, decidimos acelerar buscando aquella
estación de inicio, donde Penélope perdió sus sueños y nosotros nuestro empeño
de encontrar cuevas al final del camino.



















