Hay parajes cuya belleza desprende por sí sola un atisbo
exótico, casi salvaje, pero el adentrarnos en ellos demuestra que, tras estas
conjeturas físicas, realmente nos encontramos en un lugar indómito, donde
observamos animales y plantas a la bella deriva del libre albedrío,
coexistiendo paraje y naturaleza en un bello cuadro. Tal vez por eso hay una
leyenda sobre el nombre de este lugar. Dicen que aquel estrecho barranco, por
sus colores, la altura de sus paredes, el cristalino del agua del arroyo,
formaron parte de un cuadro percibido y moldeado por el mejor pintor de la
historia. Hay quien lo llama Dios; otros, Madre Naturaleza.
Estamos en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla,
Segura y las Villas, concretamente en la Sierra del Pozo, a los pies del Pico
Cabañas y el Calar de Juana. He de advertir que este lugar está preservado por
su valor ecológico como zona de protección A, por lo que es necesario un
permiso especial para acceder a ella.
Ya situados, diremos que la Cerrada o Cañón, como lo llamamos
en otros lugares, es una manifestación geológica monumental. El agua -a través
de los años- va erosionando bocado a bocado aquellas rocas, formando unas
concavidades y espectaculares callejones en las dolomías (*).
Como una cicatriz erosiva, La Cerrada del Pintor es una
recóndita brecha sesgada a través de los tiempos por el Arroyo de los Tornillos
de Gualay. Nos sentimos diminutos puntos paseando a través de una historia
geológica en esta máquina del tiempo llamada curiosidad.
Avanzamos poco a poco entre altas paredes interminables. Al
principio, los altos muros están bastante separados entre sí y el río toma su
forma a razón del caudal acumulado, perdiéndose en ocasiones por el subsuelo
para reencontrase más abajo con el sol.
Antes de adentrarnos, la fauna se componía de ciervas y sus
crías con miradas curiosas y algún gamo con sus lunares blancos. Ya, en la
Cerrada, avistamos, entre los roquedos y bien camuflado, un lagarto ocelado de
gran tamaño. Dicen que es el más grande de Europa. Este bicho también parece
pintado por un gran artista, combinando el verde, el negro, el amarillo y sus
puntos azules, dándole un colorido sin igual. Las libélulas y caballitos del
diablo nos dan la bienvenida a su hábitat revoloteando a nuestro alrededor. Debemos
tener mucho cuidado con la víbora hocicuda. En caso de mordedura, su veneno es
el menos tóxico de las tres especies venenosas en España y, aunque su mordida no
es mortal, se precisa de asistencia sanitara para un tratamiento adecuado.
Llegamos a la parte más angosta del lugar. El agua se
encajona tranquila, sin ninguna prisa. Aquí no hay dónde sortear el arroyo: si
quieres seguir tendrás que cruzarlo a nado.
El agua, siempre fría y cristalina, despierta en nuestra piel
nuevas sensaciones contradictorias: la de querer atravesar rápido, pues el
dolor atroz irrumpe en los músculos como miles de alfileres clavados sin
piedad, y la de no querer terminar de observar un lugar tan fascinante; ¡menuda
paradoja!
Cuando has visitado esta Cerrada, la fotografía enmarcada en
el archivo del recuerdo es la de la garganta final. Luego, una vez en el otro
lado, las paredes disminuyen su altura, a la vez que el arroyo corre más alegre
por la inclinación del terreno. El agua va llenando, de caída en caída,
marmitas rocosas y cristalinas hasta llegar a una cascada, que podría ser el
preludio de esa gran orquesta fluvial hacia las concavidades de la tierra.
La Cerrada del Pintor nos empapará de sueños, de “Edenes
perdidos”, donde los animales dormitan a sus anchas en las horas de calor, para
después recrearse entre bosques y prados, dando vida a este bonito paisaje.
Nos vemos por las sendas de Jaén. No te pierdas… O sí.
*Estas dolomías son rocas sedimentarias compuestas de
carbonato cálcico y magnesio. Se formaron como sedimentos en el fondo del mar
en el Cretácico Superior, hace unos 100 millones de años. Posteriormente, hace
unos 65 millones de años, se produjeron plegamientos, cabalgamientos o
desplazamientos de mantos de rocas, así como fallas formando anticlinales y
sinclinales, siendo estos últimos los que facilitaban el desplazamiento del
agua de los arroyos a los ríos principales.
