Caño del Aguadero

 El Caño del Aguadero es uno de los lugares más bonitos de todo el Parque Natural de Sierra Mágina. Da nombre a la antigua vía pecuaria, hoy convertida en pista forestal, ganadera, sendero de pequeño recorrido, amigos del 4x4, cazadores de caza menor, de caza mayor…El nombre parece ser que se lo puso el Rey Fernando III el Santo, cuando quedó prendado por estos lugares en su paso conquistador de estas tierras.
 Nosotros decidimos comenzar el sendero primero por la zona original, la casi autovía de la Sierra, con la suerte de encontrar en este primer trayecto sólo con un grupo de caballos que libremente transitaban en nuestra misma dirección.
 Un poco más arriba, nos desviamos de esta travesía “tradicional” tomando otra pista más pequeña que se dirige hacia el Barranco del Perú, pero ésta, sólo la tomaremos en su principio, ya que desde allí comienza una preciosa senda de herradura que nos remontará casi hasta el final de nuestro destino de una forma más placentera para el amante del sendero.

 Desde la Cañada de Santa María, tomamos esta senda que toma este mismo nombre, zigzagueando siempre mirando hacia el cerro El Campanario, entre encinas, quejigos, cornicabras y el sauce de montpellier, dando todos estos un colorido especial de otoño jugando con los colores de unos y otros árboles y arbustos.



 Tomamos poco a poco altura y las vistas se amplían metro a metro de subida. La Serrezuela de Bedmar primero y con ella, sus dos pueblos a un lado y otro; Jódar y Bedmar separados por esta mole. El Carluco, que curiosamente da la impresión de estar desnudo de vegetación, pero no es así, ya que en sus dominios crece uno de los mayores cornicabrales de Europa, pero la sequedad de este otoño ha teñido de un ocre pálido las hojas de estos arbustos dando la sensación de desnudez a esta montaña, ya que sus vecinas rebosan de colores verdes, rojos y amarillos.El Aznaitín, Cárceles, y las grandes cumbres de la sierra también comienzan a verse.





 El sendero finaliza a las faldas del Campanario, otra vez en la pista forestal, que sólo seguimos un par de kilómetros más, para llegar al Caño del Aguadero; un paraje con otro color característico del otoño, el amarillo y con la frescura de aquella fuente inagotable con su gran caño de agua y por encima aquel antiguo refugio, hoy aprovechado por pastores.
 






 A la vuelta, la pista parecía tranquila y decidimos hacer la ruta de una forma circular volviendo por ésta, pero hubiera preferido volver por el sendero, ya que el camino se hace interminable y de vez en cuando, el paso de algún coche que no sólo no frena, si no que parece acelerar para rebozarte de polvo.

 Hubo un tiempo que los amantes de la montaña, andábamos por estos lugares más tranquilos, el camino estaba muy restringido al motor y sobre todo tanto la fauna como la vegetación del lugar respiraba más sano y se podía oír mejor el sonido del silencio.

“Conozco bien los caminos
conozco los caminantes
del mar, del fuego, del sueño,
de la tierra, de los aires.
Y te conozco a ti
Que estás dentro de mi sangre.”
Miguel Hernández


Comentarios

  1. Hola Miguel, totalmente de acuerdo contigo en lo de los coches, parece que se regodean cuando ven a un caminante y aceleran mas para fastidiar.
    Desde luego no me extraña que el rey Fernando III se enamorara del lugar.

    Un abrazo

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  2. Gracias por compartir artículos como este, amigo Miguel. Para este humilde lector jiennense que el destino ha llevado a vivir a Madrid, es una delicia leer tus comentarios y disfrutar las rutas de nuestras sierras, casi tanto como tú, aunque sea en la distancia.

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