miércoles, 8 de junio de 2011

Llanos del Ángel

Un domingo de primavera cuya previsión meteorológica era de abundante lluvia, ocasionó el levantarnos más tarde de lo habitual, sin preparativos, ni avíos para  una salida al monte. Me asomé al balcón y no sólo la lluvia no mojaba el inerte asfalto urbano, si no que se dejaba calentar bajo un sol entre tímido y evasivo con nubes altas aparentemente inofensivas.
Era el día perfecto para preparar la mochila (siempre preparada a falta del bocata y poco más) y adentrarnos por alguna zona “pendiente” por aquí cerca.
El coche rodaba sin rumbo fijo dirección Sierra Sur de Jaén, accediendo por los Villares, Valdepeñas de Jaén y cuando menos lo esperamos volvemos a la cascada del Hoyo y muy cerca, Los Llanos del Ángel, lugar donde decidimos comenzar este lucrativo paseo.






Como acompañante habitual, el arroyo Cabañeros, hasta su nacimiento en los Rasos de Tabernas. Pasados los Cortijos del Ángel, dejamos las impresionantes praderas de los Llanos y nos introduciremos en una Sierra más profunda, dónde todavía la oveja y la cabra sigue siendo reina de la zona, el antiguo cortijo diseminado entre los verdes prados siempre en el lugar adecuado y las leyendas en los caminos formando parte del paisaje y de su historia.


No debemos de olvidar otro observador de nuestro paseo, el pico Cornicabra de 1.599 metros que nosotros al estar bastante elevados no nos parece tan alto, aquí se desdibuja los desniveles, parecen ser incompatibles estas “navas”,”rasos”, llanos…con las alturas.
Ya en los Rasos de Tabernas, el camino toma varias alternativas, supeditadas a la meteorología ya que el cielo dejó de mostrar la amabilidad de las primeras horas de la mañana, los del tiempo no se habían equivocado y las nubes comenzaron a espesarse, no pintaba bien la cosa y era hora de comer.
Tomamos el camino hacía el puerto de Carboneros, pero al poco en las cercanía de un precioso lugar donde se ubica el Cortijo Solana de los Morales, decidimos hacer buen huso del bocata. El arroyo de la Hoya nos susurraba bajo nuestras miradas, con el sonido tímido de su pequeño hilo de agua, hasta que el cielo comenzó a dispersar grandes gotas de lluvia fría enfurecida.

Con el último bocado en la garganta, el chubasquero en el cuerpo y los pies a toda marcha, deshicimos lo andado, con el dulce aroma de la lluvia en la tierra y el frescor del agua en nuestra cara.
Seguirá en la lista de “pendientes”, el poder visitar las alternativas de estos caminos, elegiremos un día en el que el cielo quede al ser posible limpio, aunque no creáis, la montaña con lluvia, tiene su encanto.